calle con la cabeza gacha y rostro serio junto a un viejo pequeño y sin barba que parecía un lacayo. Aquel viejo advirtió un rostro asomado a la ventanilla del carruaje que los miraba y, tocando respetuosamente el codo de Pierre, le dijo algo y señaló el carruaje. Pierre, evidentemente absorto en sus pensamientos, no pudo comprenderlo al principio. Al fin, cuando lo hubo entendido y miró en la dirección que el viejo le indicaba, reconoció a Natásha y, siguiendo su primer impulso, se acercó rápida e instantáneamente al carruaje. Pero tras haber dado una docena de pasos, pareció recordar algo y se detuvo.
El rostro de Natasha, asomado a la ventana, irradiaba una amable y enigmática bondad.
“¡Piotr Kirílych, ven acá! ¡Te hemos reconocido! ¡Esto es maravilloso!”, exclamó, tendiéndole la mano. “¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás así?”
Pierre