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nydus/War and PeacePublic
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I. Continuidad absoluta del movimiento

del Berézina, más allá de Vilna y más lejos aún.

En la noche del veintiséis de agosto, Kutúzov y todo el ejército ruso estaban convencidos de que la batalla de Borodinó había sido una victoria.

Kutúzov informó de ello al Emperador. Dio orden de prepararse para un nuevo combate con el fin de acabar con el enemigo, y lo hizo no para engañar a nadie, sino porque sabía que el enemigo estaba vencido, como lo sabía todo el que había participado en la batalla.

Pero toda esa tarde y al día siguiente llegaron informes uno tras otro de pérdidas inauditas, de la pérdida de la mitad del ejército, y una nueva batalla resultó físicamente imposible.

Era imposible presentar batalla antes de haber recabado información, recogido a los heridos, reabastecido las municiones, hecho recuento de los caídos, nombrado nuevos oficiales en sustitución de los muertos, y antes de que los hombres hubieran comido y dormido. Y, entretanto, al día siguiente mismo de la batalla, el ejército francés avanzó por sí mismo sobre los rusos, impulsado por la fuerza de su propio ímpetu, que ahora parecía aumentar en proporción inversa al cuadrado de la distancia respecto a su objetivo. El deseo de Kutúzov era atacar al día siguiente, y todo el ejército lo deseaba también. Pero para realizar un ataque no basta con el deseo, debe existir también la posibilidad de llevarlo a cabo, y esa posibilidad no existía. Era imposible no retroceder una jornada de marcha, y luego, del mismo modo, era imposible no retroceder una segunda y una tercera jornada, y finalmente, el primero de septiembre, cuando el ejército se acercaba a Moscú⁠—a pesar de la fuerza del sentimiento que había

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