conde—. La condesa ha estado en misa en la iglesia de los Razumovski y ha escuchado la nueva plegaria. Dice que es bellísima.
—Sí, lo tengo —dijo Pierre—. El Emperador estará aquí mañana... habrá una Asamblea Extraordinaria de la nobleza, y se habla de una leva de diez hombres por mil. ¡Ah, sí, permítame felicitarle!
—¡Sí, sí, gracias a Dios! Bien, ¿y qué noticias hay del ejército?
—Volvemos a retirarnos. Dicen que ya estamos cerca de Smolensk —respondió Pierre.
—¡Oh, Señor, oh, Señor! —exclamó el conde—. ¿Dónde está el manifiesto?
“¿El llamamiento del Emperador? ¡Oh, sí!”
Pierre empezó a buscar los papeles en sus bolsillos, pero no pudo encontrarlos. Sin dejar de palparse los bolsillos, besó la mano de la condesa, que entró en la habitación, y miró a su alrededor con inquietud, esperando evidentemente a Natásha, que había dejado de cantar pero aún