lo decía de ella. —Lo tiene todo, absolutamente todo —prosiguió este hombre—. Es inusualmente inteligente, encantadora... y luego es bonita, extraordinariamente bonita, y ágil; ¡nada y monta a caballo de maravilla...! ¡Y su voz! ¡De verdad se puede decir que es una voz maravillosa!
Tarareó un fragmento de su ópera favorita de Cherubini, se arrojó sobre la cama, se rió del agradable pensamiento de que se dormiría inmediatamente, llamó a la criada Dunyásha para que apagara la vela y, antes de que Dunyásha hubiera salido de la habitación, ya había pasado a otro mundo de sueños aún más feliz, donde todo era tan luminoso y hermoso como en la realidad, y aún más por el hecho de ser diferente.
Al día siguiente la condesa llamó a Borís aparte y tuvo una conversación con él, tras lo cual este dejó de ir a casa de los Rostov.
XIV
El treinta y uno de diciembre, Nochevieja, de 1809 a 1810, un viejo magnate de los tiempos de Catalina daba un baile y cena de medianoche. El cuerpo diplomático y el propio Emperador debían asistir.
El conocido palacete del grande en el malecón Inglés brillaba con innumerables luces. Había policía apostada en la entrada intensamente iluminada, que estaba alfombrada con bayeta roja, y no solo gendarmes, sino docenas de agentes e incluso el propio jefe de policía se hallaban en el portal. Los carruajes no cesaban de partir y de llegar otros nuevos, con lacayos de libreas rojas y lacayos con sombreros con plumas. De los carruajes salían hombres con uniformes, estrellas y bandas, mientras que señoras de satén y armiño descendían con cautela por los estribos, que se bajaban para ellas con estrépito, y luego caminaban