tipo de guerra había adquirido una forma definitiva: ya estaba claro para todos lo que se podía arriesgar contra los franceses y lo que no. Ahora solo los comandantes de destacamentos con plana mayor, que actuaban según las normas a cierta distancia de los franceses, seguían considerando muchas cosas imposibles. Las pequeñas partidas que habían comenzado sus actividades mucho antes y ya habían observado de cerca a los franceses consideraban posibles cosas que los comandantes de los grandes destacamentos no se atrevían a contemplar. Los cosacos y los campesinos que se infiltraban entre los franceses consideraban ya que todo era posible.
El 22 de octubre, Denísov (que era uno de los guerrilleros) se encontraba con su grupo en la cúspide del entusiasmo partisano. Desde primera hora de la mañana, él y su destacamento habían estado en movimiento.
Todo el día había estado observando desde el bosque que bordeaba el camino real un gran convoy francés de impedimenta de caballería y prisioneros rusos, separado del resto del ejército, el cual —según se supo por espías y prisioneros— se dirigía a Smolensko bajo una fuerte escolta.
Además de Denísov y Dólokhov (quien también dirigía un pequeño destacamento y se movía en las inmediaciones del de Denísov), los comandantes de algunas grandes divisiones con sus estados mayores también sabían de este convoy y, como decía Denísov, se estaban afilando los dientes por él.
Dos de los comandantes de grandes destacamentos —el uno polaco y el otro alemán— enviaron invitaciones a Denísov casi simultáneamente, pidiéndole que se uniera a sus divisiones para atacar el convoy.
“No, hrmanito, ya me han cwoecido bigotes a mí”, dijo Denísov al leer estos documentos, y le escribió