1789 surge una efervescencia en París; crece, se propaga y se manifiesta mediante un movimiento de pueblos de oeste a este. Varias veces se desplaza hacia el este y choca con un contramovimiento del este hacia el oeste. En 1812 alcanza su límite extremo, Moscú, y luego, con notable simetría, se produce un contramovimiento de este a oeste, atrayendo hacia sí, como lo había hecho el primer movimiento, a las naciones de la Europa central. El contramovimiento llega al punto de partida del primer movimiento en el oeste—París—y amaina.
Durante ese período de veinte años se dejó sin cultivar una inmensa cantidad de campos, se quemaron casas, el comercio cambió de rumbo, millones de hombres emigraron, se empobrecieron o se enriquecieron, y millones de hombres cristianos que profesaban la ley del amor al prójimo se mataron unos a otros.
¿Qué significa todo esto? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué hizo que esa gente incendiara casas y matara a sus semejantes? ¿Cuáles fueron las causas de estos acontecimientos? ¿Qué fuerza hizo que los hombres actuaran así? Estas son las preguntas instintivas, sencillas y más legítimas que la humanidad se hace a sí misma cuando se encuentra con los monumentos y la tradición de aquel período.
Para dar respuesta a estas preguntas, el sentido común de la humanidad acude a la ciencia de la historia, cuyo objetivo es permitir que las naciones y la humanidad se conozcan a sí mismas.
Si la historia hubiera conservado la concepción de los antiguos, habría dicho que Dios, para premiar o castigar a su pueblo, dio el poder a Napoleón y dirigió su voluntad hacia el cumplimiento de los fines divinos, y esa respuesta habría sido clara y completa. Uno podría creer o no en la significación divina