hablemos de la migración de los pueblos y de las incursiones de los bárbaros, o de los decretos de Napoleón III, o de la acción de alguien hace una hora al elegir una dirección entre varias para su paseo, no somos conscientes de contradicción alguna. El grado de libertad y de inevitabilidad que rige las acciones de estas personas está claramente definido para nosotros.
Nuestra concepción del grado de libertad varía a menudo según las diferencias en el punto de vista desde el que consideramos el acontecimiento, pero toda acción humana se nos presenta como una cierta combinación de libertad y necesidad.
En cada acción que examinamos vemos una cierta medida de libertad y una cierta medida de necesidad. Y siempre, cuanta más libertad vemos en una acción, menos necesidad percibimos, y cuanta más necesidad, menos libertad.
La proporción de libertad con respecto a la inevitabilidad disminuye y aumenta según el punto de vista desde el que se considere la acción, pero su relación es siempre de proporción inversa.
Un hombre que se hunde y, al aferrarse a otro, lo ahoga; o una madre hambrienta, extenuada por amamantar a su hijo, que roba comida; o un hombre educado en la disciplina que, cumpliendo con su deber y al oír la voz de mando, mata a un indefenso, parecen menos culpables —es decir, menos libres y más sujetos a la ley de la necesidad— para quien conoce las circunstancias en las que se hallaban estas personas, y más libres para quien ignora que el hombre se estaba ahogando, que la madre tenía hambre, que el soldado estaba en filas, y así sucesivamente. De igual manera, un hombre que cometió un asesinato hace veinte años y desde entonces ha vivido pacífica e