a comparar a aquellos dos hombres, tan diferentes y a la vez tan similares en que ambos habían vivido y ambos habían muerto, y en el amor que él sentía por los dos.
Pierre se acercó a la casa del viejo príncipe con un ánimo de lo más serio. La casa se había librado del incendio; mostraba señales de daños, pero su aspecto general permanecía inalterado. El viejo lacayo, que recibió a Pierre con rostro severo, como si quisiera hacer sentir al visitante que la ausencia del viejo príncipe no había alterado el orden de las cosas en la casa, le informó de que la princesa se había retirado a sus habitaciones y que no recibía visitas sino los domingos.
—Anúncieme. Tal vez me reciba —dijo Pierre.
—Sí, señor —dijo el hombre—. Por favor, pase a la galería de retratos.
Unos minutos más tarde, el lacayo regresó con Dessalles, quien traía recado de la princesa de que le daría mucho gusto ver a Pierre si este le disculpaba la falta de ceremonia y subía a sus habitaciones.
En una habitación bastante baja, iluminada por una sola vela, estaban sentadas la princesa y otra persona vestida de negro. Pierre recordaba que la princesa siempre tenía damas de compañía, pero quiénes eran y cómo eran, nunca lo sabía ni lo recordaba.
«Debe de ser una de sus compañeras», pensó, mirando de reojo a la señora del vestido negro.
La princesa se levantó rápidamente para recibirlo y le tendió la mano.
—Sí —dijo ella, mirando su rostro alterado después de que él le besó la mano—, así es como nos volvemos a encontrar. —Él habló de ti hasta en el último momento —continuó, apartando los ojos de Pierre para