jefe. Estaba convencido de que él solo podía mantener el mando del ejército en estas difíciles circunstancias, y de que en todo el mundo él solo podía enfrentarse al invencible Napoleón sin miedo, y le horrorizaba pensar en la orden que tenía que dar. Pero había que decidir algo, y aquellas conversaciones a su alrededor que estaban adquiriendo un carácter demasiado libre debían ser detenidas.
Llamó a su presencia a los generales más importantes.
«Mi cabeza, sea buena o mala, debe valerse por sí misma», dijo, levantándose del banco, y cabalgó hacia Filí, donde le esperaban sus carruajes.
IV
El Consejo de Guerra comenzó a reunirse a las dos de la tarde en la parte mejor y más espaciosa de la ispa de Andréi Savostiánov. Los hombres, mujeres y niños de la gran familia campesina se apiñaban en la estancia trasera, al otro lado del pasillo. Solo Malásha, la nieta de seis años de Andréi, a quien su Alteza Serenísima había acariciado y a quien había dado un terrón de azúcar mientras tomaba el té, permanecía encima del horno de ladrillo en la habitación más grande. Malásha miraba desde lo alto del horno con tímido deleite los rostros, los uniformes y las condecoraciones de los generales, que uno tras otro entraban en la habitación y se sentaban en los amplios bancos del rincón bajo los iconos. El «abuelito» en persona, como Malásha llamaba a Kutúzov en su fuero interno, se sentaba apartado en un rincón oscuro detrás del horno. Estaba sentado, hundido en un sillón plegable, y no paraba de aclararse la garganta y de tirar del cuello de su levita que, a pesar de estar desabrochada, parecía seguir apretándole el