franceses comenzaron a ahogarse y matarse los unos a los otros. Y, en correspondencia con el acontecimiento, su justificación aparece en la creencia de la gente de que esto era necesario para el bienestar de Francia, para la libertad y para la igualdad. La gente dejó de matarse los unos a los otros, y este acontecimiento vino acompañado de su justificación en la necesidad de la centralización del poder, la resistencia a Europa, etcétera. Los hombres marcharon del oeste al este matando a sus semejantes, y el acontecimiento vino acompañado de frases sobre la gloria de Francia, la bajeza de Inglaterra, etcétera. La historia nos muestra que estas justificaciones de los acontecimientos carecen de sentido común y son todas contradictorias, como en el caso de matar a un hombre como resultado del reconocimiento de sus derechos, y la matanza de millones en Rusia por la humillación de Inglaterra. Pero estas justificaciones tienen un significado muy necesario en su propia época.
Estas justificaciones eximen de responsabilidad moral a quienes producen los acontecimientos. Estos fines temporales son como el apartanieves fijado en la parte delantera de una locomotora para despejar la nieve de los raíles que tiene enfrente: despejan de su camino las responsabilidades morales de los hombres.
Sin esa justificación no habría respuesta a la más simple cuestión que se presenta al examinar cada acontecimiento histórico. ¿Cómo es posible que millones de hombres cometan crímenes colectivos —hagan la guerra, cometan asesinatos y demás—?
Con las complejas formas actuales de la vida política y social en Europa, ¿puede imaginarse algún acontecimiento que no esté prescrito, decretado u ordenado por monarcas, ministros, parlamentos o periódicos? ¿Hay alguna acción colectiva que no pueda encontrar su justificación en la unidad política, en el patriarcado, en