como un todo y no alguna parte particular de ella. Lo principal a sus ojos no era el nitrógeno en la tierra, ni el oxígeno en el aire, ni los abonos, ni los arados especiales, sino aquel agente importantísimo por medio del cual el nitrógeno, el oxígeno, el abono y el arado se hacían eficaces: el campesino jornalero. Cuando Nikoláy comenzó a cultivar la tierra por primera vez y empezó a comprender sus diferentes ramas, fue el siervo el que atrajo especialmente su atención. El campesino le parecía no solo una herramienta, sino también un juez de la agricultura y un fin en sí mismo. Al principio observaba a los siervos, intentando comprender sus propósitos y lo que consideraban bueno y malo, y solo fingía dirigirlos y dar órdenes mientras que en realidad aprendía de ellos sus métodos, su manera de hablar y su juicio sobre lo que era bueno y malo. Solo cuando hubo comprendido los anhelos y gustos de los campesinos, hubo aprendido a hablar su idioma, a captar el significado oculto de sus palabras y se sintió afín a ellos, comenzó a administrar audazmente a sus siervos, es decir, a cumplir con ellos los deberes que se le exigían. Y la administración de Nikoláy produjo resultados muy brillantes.
Guiado por algún don de perspicacia, al hacerse cargo de la administración de las haciendas, nombró de inmediato sin equivocarse, como administrador, síndico y delegado, a los mismos hombres que los siervos habrían elegido por sí mismos de haber tenido derecho a elegir, y estos cargos nunca cambiaron de manos. Antes de analizar las propiedades del abono, antes de entrar en el debe y el haber (como lo llamaba irónicamente), averiguó cuántos animales tenía el campesino